
El fútbol, en su infinita belleza, también es sumamente cruel porque no sabe de inmunidad temporal. Hay jugadores que uno desearía ver sobre el césped de por vida, arquitectos del balón que hacen del juego una obra de arte. Sin embargo, el destino ha dictado sentencia en el Mundial 2026: tras consumarse la eliminación de la selección de Croacia a manos de Italia, Luka Modrić ha jugado el último partido mundialista de su legendaria carrera.
A sus 40 años, el eterno capitán balcánico abandonó el terreno de juego con los ojos vidriosos, el alma rota y el aplauso unánime de un estadio que entendió que estaba presenciando los compases finales de una época dorada. Se cierra el telón para ese «pequeño caballero» de la cancha, el genio que desafió la lógica física y que, a lo largo de dos décadas, rara vez dio un pase equivocado.

De villano a héroe en un abrir y cerrar de ojos
El epílogo de Modrić en las Copas del Mundo tuvo un desarrollo digno de una película de suspenso. En el decisivo partido ante la Azzurra, el mediocampista asumió la responsabilidad total del destino de su país.
A los 54 minutos del compromiso, Luka tuvo en sus botas la oportunidad de abrir el marcador desde el punto de penal, pero se topó con una espectacular atajada de Gianluigi Donnarumma. Lo que para cualquier otro futbolista habría sido un golpe anímico letal, para el genio de Zadar fue combustible. Apenas 33 segundos después del fallo, Modrić apareció como un fantasma en el área para cazar un rebote y mandarlo al fondo de la red, desatando la locura y convirtiéndose en el jugador más veterano en anotar en la historia de los Mundiales.
Sin embargo, el destino le guardaba una última y dolorosa zancadilla al ’10’. Cuando Croacia saboreaba la clasificación en el tiempo de descuento, un gol agónico de Italia al minuto 98 decretó el empate definitivo (1-1) y selló la eliminación croata en la fase de grupos, dejando a Modrić sentado en el banquillo —tras haber sido sustituido— con la mirada perdida y el rostro cubierto por las lágrimas.

Un guerrero que brotó de las cenizas
Para entender la dimensión y la resiliencia de Luka Modrić, siempre será necesario recordar sus raíces. El niño que creció esquivando bombas en un campo de refugiados durante la Guerra de Independencia de Croacia en los años 90 terminó convirtiéndose en el rey del fútbol mundial, ganando el Balón de Oro en 2018 tras llevar a su país a una histórica final, y alcanzando el tercer lugar en Qatar 2022.
Su andar mundialista concluye tras haber disputado cinco ediciones de la Copa del Mundo (Alemania 2006, Brasil 2014, Rusia 2018, Qatar 2022 y Norteamérica 2026). Sostener el nivel competitivo, la lucidez mental y la precisión milimétrica en la zona de volantes a los 40 años es una proeza que muy pocos elegidos en la historia del deporte rey pueden presumir.
Luka Modrić se marcha de las Copas del Mundo sin una corona física de campeón, pero con algo mucho más valioso y difícil de conseguir: el respeto irrestricto, la admiración y el aplauso de pie de todo el planeta fútbol. Se apaga la magia de tres dedos en los Mundiales; la leyenda ya es inmortal.