Alajuelense campeón: cuando el proceso vence a la improvisación

Fotografía cortesía de Gustavo Salazar para Ascenso Total

Alajuelense volvió a ser campeón nacional y lo hizo cerrando una herida que parecía eterna. Casi cinco años de sequía, de finales perdidas, de frustraciones acumuladas y de una afición que, pese a los golpes, nunca dejó de creer. Este título no solo representa una copa más en la vitrina rojinegra: simboliza el triunfo de un proyecto serio en un fútbol nacional acostumbrado a vivir al día.

Hay un sentir generalizado —no solo entre liguistas, sino también en aficionados de otros clubes— de que este campeonato fue un acto de justicia deportiva. Alajuelense no llegó aquí por casualidad, ni por impulsos de corto plazo. Llegó apostando por procesos, por planificación y por una estructura institucional que hoy marca diferencia en Costa Rica.

Mientras otros clubes históricos como Saprissa y Herediano han navegado en los últimos años entre decisiones improvisadas, cambios constantes de rumbo y dirigencias erráticas, la Liga sostuvo una línea clara. Apostó por sus ligas menores, por la formación integral de futbolistas y por infraestructura, siendo el único club del país con un centro de alto rendimiento que respalda el discurso con hechos.

Fotografía cortesía de Gustavo Salazar para Ascenso Total

A ese recorrido sólido, Alajuelense le puso la cereza en el pastel con un logro que trasciende fronteras: el tricampeonato centroamericano, una muestra clara de dominio sostenido en el istmo. Durante meses, la Liga fue el equipo más regular y competitivo de la región, y esta vez logró algo que en el pasado le había sido esquivo: trasladar ese poder internacional al campeonato local. El título nacional no fue un hecho aislado, sino la consecuencia lógica de un equipo acostumbrado a competir y ganar en escenarios de alta exigencia.

Ese trabajo silencioso, muchas veces criticado por no rendir frutos inmediatos, terminó encontrando su recompensa. Y lo hizo en el escenario más exigente: una final nacional ante el rival histórico.

El regreso de Óscar “el Macho” Ramírez terminó de cerrar el círculo. Más allá de la pizarra, su figura devolvió identidad, mística y memoria. Ramírez no solo entendió el momento futbolístico del equipo, sino el peso emocional de la camiseta que volvía a vestir desde el banquillo. Su liderazgo generó una sinergia especial entre jugadores y afición, esa sensación de que todos empujaban hacia el mismo lado.

La final ante Saprissa no fue solo un duelo táctico o de nombres; fue el choque de dos formas de entender el fútbol. De un lado, un proyecto que maduró con paciencia. Del otro, un club que sigue apelando a su historia y a soluciones inmediatas. Esta vez, ganó el que construyó con tiempo.

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